El descanso

Tiempo de lectura: 2 minutos

Quietud, sosiego.

Relajar la disciplina, ser tiempo libre. Reposar en todo lo sembrado.

Renovar la energía.

Detener el movimiento hacia fuera y yacer en nosotros mismos.

El circuito cerrado genera nuevas ideas, proyecciones, oportunidades

y amplía nuestra capacidad para disfrutar y compartir.

La inactividad cura, permite estar, desde otro lugar.

El reposo regenera el alma, la mente y el cuerpo,

como un tónico pausado y orgánico,

permite que crezcan nuevas conexiones, nuevas danzas.

 

El verano es abundante y fértil.

La naturaleza nos obsequia con profusión de vida,

todo crece y se reproduce, ama y se busca.

La actividad es constante y la luz ilumina nuestros días la mayor parte de las horas.

Es una exceso perfectamente calculado,

un complot de la naturaleza que nos enseña lo que es la creación constante,

la intensidad solar sostenida.

 

Hace calor,

el sofoco del calor previo a la tormenta, se hace, por momentos, insoportable.

Agua.

El agua en movimiento refresca la magnitud de la temperatura,

devuelve las cosas a su orden,

refrigera el ánimo,

hace estallar la viveza de la infancia.

Verde.

Los árboles nos guardan, nos protegen, nos conectan.

Holgura en el rezo y el agradecimiento.

Su sombra nos cubre y nos exime de cualquier demasía.

Verano y naturaleza, dos amores esplendorosos

entrelazando sus manos,

evocando el frescor de las noches estivales,

con el abrazo cuidado, el beso tierno,

la conversación sin ambages.

 

Detenerse, yacer.

Yacer juntos.

 

Cesar la actividad hacia fuera,

generar otro ritmo, otra cadencia,

un paréntesis,

un llamado a la contemplación,

al desahogo,

a la relajación de las tensiones de nuestros quehaceres,

a veces también, nuestras fatigas.

 

Bendito verano,

descanso bendecido.

 

Las hormigas no paran en su laboriosidad,

en estos días…

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