El animal que mira hacia arriba

Tiempo de lectura: 2 minutos

 

Honro a mi madre,
honro a mi padre.

Honro mi propio camino, las sendas mistéricas del llanto,
abrazos abiertos, pecho enarbolado.

Honro la estirpe, la ilusión, la lucha,
la tenue luz de la consciencia
que susurra mi nombre,
ilumina el sentido,
el latido que canta al infinito y al hogar.

Honro la sangre y la víscera,
el ojo ciego,
la espalda descuidada.
La ignorancia como negrura,
como promesa de entendimiento,
como paciencia santa.

Desarraigo,
Indefensión,
patrones repetidos,
condenas atávicas
que encierran el fuego perceptivo.

Acepto la historia, meticulosidad celeste,
la visión del pasado, el presente y el futuro
cristalizan en este instante que lo contiene todo a perpetuidad.
La mugre del designio se disuelve en el leñoso amanecer.
Liana, exabrupto de verdades extraviadas, ensueños y espejismos.

La fragmentación es la falacia de la mente,
delicada tirana, infante ante las lecciones sencillas de la Inteligencia Suprema.

Educar la mirada.

Educar la mirada hacia lo sutil.

Detrás de lo aparente está la matriz cósmica que mueve los hilos de los hombres-
marioneta, cáscaras de este mundo que perecen en cada exhalación.

Todo lo que necesito son mis alas despiertas tras mis pupilas cuánticas.
Esquilmadas mis manos, las montañas abren nuevas visiones
donde hay frutos sagrados creciendo en las profundidades ocultas.

Lux.

Danza incesante.

Estrellas y cosmos delirantes, estridentes, fugaces.
Bocanada de aire, grito primigenio.
Respiro…

Rasgo las barreras de dentro hacia fuera.
La fiereza espiritual despierta y corta las brumas del autoengaño
y la proyección victimizada.

Fractal,
nebulosa,
geometría que limpia,
deconstruye mis memorias ancestrales.

Te rezo y me abro a tu respuesta inexpugnable.
Me entrego sin reservas.
Vivo sacudiéndome las espinas en mi camino hacia la muerte,
libre de los laberintos de este mundo, mi corazón se eleva.

Mis venas, arquitectas de la complejidad,
mis pechos el maná del alma-recipiente.
Sacro santo, ubicuidad y tierra.

El ruido distorsiona los pasos del alma,
aprendemos a crecer como animales y dioses.
Red, molécula, célula, átomos circenses.

Paz,
alegría,
humanidad.

Las cualidades del Amado encienden mis redes neuronales
como las raíces y las ramas de un árbol que me habita,
una vegetación inusitada y secreta,
una vida paralela que anida en mi ser.

Reverso magnético.

Agradezco la savia, el viento, la lumbre sinuosa y mística.

Sólo soy un animal que mira hacia arriba,
extraño y aprensivo,
receptáculo, que a veces trasciende y se da cuenta.

Agua.
Decenas de millones,
emanaciones de divinidad contenida en este aliento,
como un traje encorsetando los multiversos que tejen mis entrañas.

 

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