La deliciosa purificación de Carla Simón

Tiempo de lectura: 3 minutos

* Laia Artigas en su soberbia interpretación de Frida.

«De noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente, sólo la sed nos alumbra» poeta español Luis Rosales.

Desde Verano 1993, su ópera prima, Carla Simón abre una grieta en el tiempo y nos invita a descender —con ella— a ese territorio incierto donde habitan la memoria y la herida. Allí, entre luces de verano y sombras persistentes, laten las raíces: a veces cálidas, a veces ásperas, siempre vivas, siempre reclamando ser nombradas, ordenadas en la integridad de nuestro corazón.

Su cine no narra: recuerda. Y en ese recordar convoca lo más frágil y lo más verdadero. La infancia aparece como un lenguaje propio, hecho de silencios, miradas, risas, juegos y pequeños desconciertos; un territorio donde el amor se busca a tientas y el mundo se revela, poco a poco, incomprensible y deslumbrante. Sus imágenes se sienten, no se explican: destellos que quedaron adheridos a la piel, como si el tiempo no hubiera querido borrarlos.

En sus películas no somos meramente espectadores, habitamos lo atemporal. La cámara se vuelve cuerpo, respiración, latido. Nos fundimos con sus protagonistas en una empatía que no pide permiso, que nos arrastra hacia lo indecible: aquello que no se nombra pero que, sin embargo, lo ocupó todo. Cada gesto cotidiano encierra una revelación, cada silencio construye una identidad, cada ausencia deja su legado.

Su lenguaje muta con la mirada que lo sostiene, la de sus personajes: desde Frida, la niña que observa el mundo con extrañeza y desamparo, a Marina, la joven de Romería, donde la memoria se vuelve un territorio más consciente, más denso, onírico, impredecible, quizá también más vulnerable.

En Alcarràs, la tierra respira con los cuerpos. La historia de una familia se entrelaza con el desgaste de un mundo que desaparece, donde el arraigo y la pérdida conviven en un mismo gesto. Allí, el paso del tiempo no es abstracto: se encarna en los árboles, en las manos, en lo que ya no puede sostenerse.

Su cine brota con una naturalidad casi salvaje: rostros no domesticados por la interpretación, escenas que parecen suceder por sí mismas, como si la vida se filtrara en cada plano sin ser interrumpida. Y siempre la naturaleza, presente como un eco antiguo, como un refugio o una memoria que precede a todas las demás.

Autobiográfica en su origen y poética en su forma, Carla Simón no explica su historia: la filtra, la reinventa. Y en ese gesto —íntimo, delicado— exorciza lo que duele sin imponerle sentido. Lo personal se vuelve común, lo singular se abre a lo colectivo. Lo transgeneracional se confabula con una época histórica, con el lenguaje de otro tiempo. Nos reconocemos sin saber exactamente por qué, como si algo esencial hubiera sido capturado en ese instante suspendido. Nos abrimos a su inocencia.

Teje, así, un tapiz donde lo heredado y lo vivido se confunden y entremezclan. Las imágenes fluyen más allá de las palabras, y en ellas regresamos: a la infancia, a la pérdida, al cuidado, a las figuras que nos sostuvieron o nos abandonaron. Volvemos a ser, por un momento aquello que fuimos.

En la quietud de sus encuadres, comprendemos algo esencial: que el mundo deja de doler sólo cuando encontramos un lugar seguro donde sostenernos. Es entonces cuando podemos mirar de frente aquello que nos quebró, y llorar, al fin, todo lo que no supimos nombrar.

 

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