Foto de Evie (Unplash).
(Mateo 15:11) No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de ella.
Existe un conocimiento antiguo en mi interior.
La memoria no es lo que pensamos,
lo que nos han contado.
Es un árbol con infinidad de ramas,
conectadas a varios mundos,
espacios, vidas, pasados, futuros.
La memoria es el oro, el alfa y el omega,
causa, consecuencia, liberación o condena.
La enfermedad es el olvido.
Mis raíces profundas surcan la tierra
de sangre y miedo, sudor, oscuridad.
He recorrido los infiernos de mis antepasados,
los infiernos de mi propia mente,
con una furia cegadora.
He acuerpado las voces de los desheredados,
de todos los tiempos,
transfigurados en experiencia viva.
He visto, aquello que nadie se atrevió a atestiguar,
el Grito de la voz detrás del velo,
presionando para ser abrazada.
La muerte es un nacimiento
en la caverna de mi ignorancia.
La lechosa luz de la conciencia
se derrama en mi interior,
como una gracia caudalosa,
una danza amorosa con la eternidad
en movimiento.
Soberana del jardín del Edén,
pensamiento, sentimiento
palabra, acción e intención.
Me abro a los colores vivos del aliento,
suavidad y ternura.
En la perfecta paz de la mente,
Yo soy.
En el perfecto Ser de Dios,
Yo soy.



